lunes, 4 de noviembre de 2013


El libro del Eclesiastés

 

Autor: se presenta con un seudónimo: Qohélet, título que indica una función oficial. Su base es la raíz hebrea: qhl = asamblea (en griego ekklesía). El autor se presenta como el “presidente de la asamblea”. San Jerónimo traduce en la Vulgata: Eclesiastés y Lutero prefiere: predicador. El autor es judío pero manifiesta influencia de las nuevas condiciones de vida ya que el período helenista produjo cambios y progresos en Judea. Relativiza la creciente prosperidad y pericias técnicas, presta atención al individuo y al mundo en su totalidad, no sólo a la comunidad judía, lo que se nota en el hecho de que nunca usa el nombre del Dios de Israel: YHWH. Critica las ideas tradicionales y las nuevas también.

Este sabio, siguiendo las pautas de la literatura sapiencial se oculta bajo la figura de Salomón y su rostro real permanece secreto. Este autor “secreto” sin embargo repite 85 veces el uso del “Yo” y de verbos en primera persona, sobre todo: “he visto”, “yo sé”, “he buscado”, “he hallado”, “me digo a mí mismo” (“hablo con mi corazón”) poniéndolo como signo de su libertad y conciencia.

A menudo se sostiene que el epílogo (12,9-14) es de un redactor final que intenta suavizar el escrito.

 

Fecha: A pesar del versículo inicial que atribuye el libro a Salomón es evidente que este no es el autor. Se ve una evolución de la lengua hebrea que refleja una etapa postexílica del hebreo bíblico. Contiene dos palabras persas: “paraíso” en 2,5 y otro término con el que la lengua persa designa la “sentencia jurídica” en 8,11. Se trata entonces de un hebreo tardío. Fue escrito en el período helenístico inicial (300 – 200 a.C.) uno de los últimos libros del AT.

 

Estilo literario:

Eclesiastés usa un género literario muy conocido en Egipto y otras partes, que se llama el “testamento regio”. Este solía ser firmando con un pseudónimo y se escribía como propaganda de determinada dinastía, de sus aciertos políticos y sus obras grandiosas.[1]

Contiene mesalim tradicionales y lapidarios típicos de la literatura sapiencial construidos con la técnica del paralelismo (4,4; 8,10.14), binomios “sabio – necio”, “justo – malvado”. La observación de la existencia como fuente de sabiduría (4,1-8; 8,16-17) y paralelismos antitéticos: “mejor que…4,13; 6,9; 7.1-8.

Su visión escatológica es la de la antigua sabiduría de Israel que veía el final del hombre como un fluir hacia el sheol, lugar de polvo, silencio, de nada (3,19-20). Sin embargo este material tradicional está recorrido por un alma nueva e invadido por un tormento que bajo su corteza irónica esconde un ansia de vida. Es escéptico pero no fatalista, sarcástico pero no indiferente. Hasta en el modo de escribir (a veces literariamente aristocrático, otras veces banal) parece que quiere mostrar lo absurdo del arte de escribir bien.

 

Similar en forma a Eclesiástico y Proverbios. Aunque el término “hijo mío” sólo aparece en el epílogo (12,12),  parece haber sido un maestro de sabiduría que se dirige a sus discípulos en segunda persona del singular (4,17—5,8; 7,9-10, etc.).

 

Estructura del libro: ha sido estudiada en busca de una hipótesis lógica y se ha llegado a múltiples tesis. De todos modos esto es algo secundario. Siguiendo al comentarista francés D Lys se proponen dos secciones:

1.      La condición humana (1,1—4,3) colección de observaciones experimentales sobre la existencia humana y sus penas. a) balance general 1,1—2,26 b) el destino final 3,1—4,3.

2.      Reflexiones sobre la condición humana 4,4—12,8 reflexiones sobre lo antes observado y otras situaciones a) paradojas de la existencia: 4,4—6,9 b) la moral de la existencia 6,10—12,8

 

 

La tesis fundamental del libro

 Hebel [2]habelim: vanidad de vanidades. Este es el lema del libro.

Mientras que la sabiduría tradicional, (libro de los Proverbios) se detiene en la vida presente como única riqueza y se abandonaba al orden sabio del cosmos creado por Dios Eclesiastés mira la vida y ve que es idéntica para el necio que para el sabio. Ve la miseria y el absurdo más que el gozo y la armonía. La paz de la sabiduría tradicional se desvanece. Eclesiastés afronta de forma original y sin prejuicios la compleja problemática de la literatura sapiencial: la cuestión de las relaciones frecuentemente misteriosas y paradójicas que unen a Dios, al mundo y al hombre en un círculo riguroso.

Para Eclesiastés lo relativo es lo único absoluto, la miseria y la insatisfacción el único pan de la existencia humana. Forma una inclusión: 1,2 y 12,8 y la incrusta en toda la obra: 2,1.11.17.19.23; 4,4.8; 8,10; 11,10. Todo es vanidad, todo es hebel será la frase que utiliza.

El término hebreo “hebel” alude a la transitoriedad del soplo, del vapor que se disipa, del viento impalpable. Es el descubrimiento de la inconsistencia de todo las realidades cósmicas y humanas, un mundo vacío, absurdo. Subraya esto con la típica frase hebel habelim (vanitas vanitatum) que equivale a una nada infinita.

Para confirmar su tesis se sitúa en el mismo cauce metodológico de la antigua sabiduría. La teología de la alianza usaba como esquema interpretativo el binomio: fidelidad – bendición; infidelidad – maldición. De manera similar la ideología sapiencial usa el esquema retribucionista: delito – castigo, bien – premio. Ecle no condena estos esquemas, es tradicionalista, y no explora otros métodos de búsqueda o propuestas. Ve que las respuestas están ausentes. Ecle se limita a ver (lo repite 37 veces en el libro) “he visto…” 3,10.16; 6,1; 7,15 etc. observa estos absurdos.

Ecle reconoce a Dios como juez y creador (3,17; 11,9) pero su obra contiene en sí un alto grado de incomprensión. El hombre no puede enfrentarse con lo que es más fuerte que él (6,10).

Ecle abandona la visión bíblica de la historia entendida como un proyecto divino en progresión. La historia es más bien como una cárcel de la cual es imposible salir. Su visión es cíclica, ver 3,1-15.

 

Algunos pasajes fueron tildados erróneamente de hedonistas o epicúreos: 2,24-26; 3,12-13; 5,17-19; 8,15; 9,7-10. Los exegetas no se ponen de acuerdo a la hora de caracterizar su filosofía de la vida. Ha sido llamado ateo, pesimista, escéptico, epicúreo. También creyente, temeroso de Dios. Claramente es un inconformista. Tal vez la mejor caracterización es que se trata de un escéptico o incluso agnóstico en su sentido etimológico: persona que confiesa la ignorancia humana sobre diversas cuestiones esenciales y socava todo tipo de certidumbres. Esto en el borde de la fe pero sigue siendo un creyente que busca, pregunta mucho y responde poco. La tesis y conclusión anticipada del libro en 1,2. El autor no prueba su tesis con una exposición lógica, ofrece más bien meditaciones que ponen de manifiesto dicha absurdidad (vanidad).

El mensaje es más bien este: que en este mundo roto y sin centro el hombre debe recoger de las pequeñas y sencillas alegría que Dios siembre en él. El final 12,1-7 medita sobre el escándalo de la vida realizado desde el ocaso de la ancianidad, de la muerte. La disolución del ser humano es analizada a través de metáforas, la mayoría meteorológicas, domésticas y fisiológicas.

 

¿Cómo pudo ser considerado Palabra de Dios este libro tan provocativo?

Hubo discusión en el judaísmo rabínico acerca  de su canonicidad. Por la Misná, las tradiciones legales judías codificadas hacia el 200 d.C., sabemos que los rabinos estaban divididos sobre si el libro “mancha las manos” (pertenece a los libros sagrados) o no. Las razones variaban: contradicciones (4,2 y 9,4). Lo querían esconder declarándolo apócrifo pero no lo hicieron ya que comienza y finaliza con palabras de la Torá (1,3; 12,13).

Entró en los Megillot. La tradición cristiana se esforzó por interpretarlo de manera más inofensiva de lo el libro es en realidad.[3]

 

¿Cómo entender este libro?

Eclesiastés se ha de entender a la luz de la encarnación de la palabra de Dios dentro de la historia y de los límites del hombre. Palabra que se hace carne, que se hace sufrimiento, ansia, duda, pregunta. En la misma crisis de fe y en el silencio total Dios puede esconder paradójicamente su presencia, su revelación, su palabra.

En el terreno donde parece fácil apostatar puede ser misteriosamente fecundado por Dios que en este libro se ha revelado a través de las tinieblas de un hombre en búsqueda, de un hombre en crisis. El silencio de Dios no es necesariamente una maldición, sino una ocasión del encuentro por caminos sorprendentes aunque por el momento no visibles y comprensibles.

También hay que interpretar Eclesiastés a la luz de la progresión pedagógica de la revelación de Dios que aunque tiene una lógica de fondo lineal, pasa por etapas a veces lentas. Para el cristino Eclesiastés apunta como un índice a Cristo como plenitud, en Quien las preguntas del autor del AT encontrarían respuesta conclusiva sin evasiones. Cristo ya no hablará a través de la mediación de voces humana, sino que se hará voz humana, límite, pobreza, fragilidad, anhelo, pregunta, interroga a Dios mismo en el Hijo verdadero Hombre.

 

 

 

 

Leer cap 1—2 que sienta las bases para entender el libro. Cita a la sabiduría tradicional en forma de proverbios o con objeciones suyas. Así pone de manifiesto que cualquier verdad que la sabiduría puede alcanzar sólo tiene valor relativo, siempre hay un pro y un contra. Su enseñanza se puede resumir así:

Sólo se vive una vez, hoy. No hay mañana. La vida está fijada en las leyes del mundo, en lo inevitable, es imposible hablar de futuro o esperanza. Su consejo práctico: disfrutar la vida pues esta alegría es don de Dios.

 

Pese a su originalidad Ecle está enraizado en la tradición bíblica. Conoce el Pentateuco (Ecle 5,3-5 cfr. Dt 23,22-24). Conoce la sabiduría tradicional. El Eclesiástico lo conoció y utilizó hacia el 180 a.C.

 

 

Textos para leer:

9,1-10 ¿Qué pone de manifiesto el autor? ¿Qué le responderíamos hoy?

No cree en una vida futura digna al menos de ser considerada. En 2,14-16 ya expresó que el sabio y el necio son iguales en su muerte. Como se ve en 12,7 el Ecle sabe que el espíritu humano regresa a Dios. Es una opinión tradicional (Sal 104,29; Job 34,14-15 y Eclo 40,11) el espíritu que Dios insufló (Gn 2,7) regresa a Él en la muerte. Pero esto no significa supervivencia individual, sino regreso a la fuente, lo mismo que el polvo regresa a la tierra (Gn 3,19). Morir consiste justamente en el hecho de que Dios recibe el espíritu vital y desde este punto de vista seres humanos y animales son iguales. Así la pregunta de 3,21 no va contra la tradición, sino más bien contra las nuevas ideas de su tiempo acerca de la inmortalidad individual del alma humana. Aquí en 9,10 es obvio que Ecle defiende la concepción bíblica tradicional de la vida después de la muerte. En el sheol los hombres no son concientes de nada, no hay castigo ni recompensa, ni alegría (Eclo 14,16; Job 14,21; Sal 88,11).

Ecle no veía razón para el optimismo, ni en su expresión hebrea: resurrección del cuerpo o griega: inmortalidad del alma. El sheol era un lugar del “no ser”. Por ello el consejo práctico: disfrutar de las cosas de la vida, el vino, la mujer amada (9,7-9). Otro consejo: gozar de la juventud (11,9-10)

 

Otro texto para leer: 8,10-17 el problema de la retribución.

 

 



[1] Aquí aparece la fina ironía del autor que lo utiliza casi para lo contrario. Su “Salomón” le sirve, sí, para poder experimentar todas las situaciones humanas, muchas de las cuales le están vedadas a un pobre o a una persona corriente, pero sobre todo, lo usa para vaciar de sentido último tanto las obras y los esfuerzos como la pretensión de fama imperecedera, todo es “vanidad”, el rey sabio como cualquier necio mueren igualmente.
[2] La “h” en hebreo se pronuncia como una “j” suave.
[3] La patrística orienta la obra en un sentido completamente distinto al mensaje de la obra. Gregorio Magno en Diálogos reduce los pasajes escabrosos a objeciones a adversarios no creyentes a los que Ecle opondría la enseñanza ortodoxa (12,13). En la Edad Media, siguiendo una intuición de Gregorio Taumaturgo (270 d.C.) leyó el libro como una exhortación ascética a la huida del mundo y a la vida monástica.
 

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