El libro del Levítico
Introducción:
A primera vista este libro aparece como contrario a
nuestra sensibilidad. Su tema central no presenta nada de atractivo, las
detalladas regulaciones sobre la matanza de animales y las aspersiones con
sangre pueden resultar repulsivas e irrelevantes. Por otra parte, muchas de las
reglas morales y cultuales que rigieron por un tiempo la vida israelita son hoy
obsoletas. Como toda norma las prescripciones del Levítico eran parte de una
determinada cultura y los cambios en el contexto histórico y cultural llevaron
a la depreciación de ciertos valores y a la emergencia de otros nuevos. La
esclavitud y la guerra, por ejemplo
significaban una cosa en el mundo bíblico y otra muy distinta en el nuestro. Lv
25,42-46 da una base teológica para evitar que sean esclavizados los israelitas
pero permite someter a la esclavitud a los que estaban fuera de la comunidad de
la alianza. En Lv 26,8 se promete una fácil victoria sobre los enemigos si el
pueblo cumple los mandamientos de Dios, pero hoy en día sólo muy pocos se
atreverían a celebrar como un triunfo el derramamiento de sangre aunque sea en
legítima defensa. Muchas leyes levíticas son ahora inaplicables porque la vida
del antiguo Israel difiere de la nuestra. Otros mandamientos han perdido
relevancia para los cristianos debido a la institución de la nueva alianza. Un
caso claro es la de los animales impuros. Jesús declaró puros todos los
alimentos (Mc 7,14-23) y Pablo vio con claridad que las prohibiciones
alimenticias de los judíos ponían serios obstáculos a la expansión de la fe
cristiana en el mundo pagano. Y la oblación del cuerpo y la sangre de
Jesucristo ha puesto fin a todo el sistema sacrificial de la primera alianza,
porque la sangre de los animales carece de eficacia para borrar los pecados
(Heb 10,4). Todo esto es verdad y se podrían señalar otros aspectos, sin
embargo el libro del Levítico contiene mucho más de lo que podemos apreciar a
primera vista. La doctrina que subyace en él tiene mucho que decir al tiempo
presente y al lector moderno y se pueden encontrar muchas enseñanzas que
mantienen plena vigencia incluso en el día de hoy. Para ello hay que ir más
allá de lo que aparece a primera vista y hacer un sondeo por debajo de la
superficie.
Estructura del libro:
Se distinguen cuatro partes y un apéndice:
- 1—7 Los sacrificios – ver la conclusión en 7,37-38
- 8—10 La inauguración del culto Se describe la consagración de los sacerdotes: Aarón y sus hijos y la inauguración del culto. Moisés, Aarón y sus hijos son los personajes principales de estos capítulos.
- 11—16 Las leyes de pureza e impureza – El cap. 16 trata sobre el “gran día de la expiación”
- 17—26 La “ley de
santidad”
- 27 Apéndice: instrucciones sobre las ofrendas y promesas
Para entender el
Levítico:
El contexto en el que se presenta este libro es el del Sinaí,
todavía el pueblo no ha entrado en la tierra prometida. La conexión de este
libro con el del Éxodo es muy clara y es necesario tenerla presente. Las leyes
de este libro continúan el relato del Éxodo y un tema importante al final de
este libro es la intención de Dios de habitar en medio de los israelitas (Ëx
25,8; 29,45-46). Por eso los caps. 25-31; 35-40 del libro del Éxodo tratan casi
exclusivamente de la construcción del Tabernáculo como morada del Señor. Una
vez terminado, el Santuario fue cubierto por una nube y lo llenó la gloria del
Señor (Éx 40,34). Así Dios establece su morada en medio de Israel y se llamó el
Santuario “Tienda del encuentro” (Éx 40,35) porque ése era el lugar donde el
pueblo se encontraba con Dios. Era un santuario portátil ya que el Señor
siempre quería estar con su pueblo.
Esta presencia de Dios
en medio de su pueblo requiere una organización
de toda la vida y ésta se hará sobre la base de “pureza” y “santidad”.
Este es el objetivo del libro del Levítico. La experiencia del éxodo hace
comprender al pueblo que Israel es un pueblo “separado” de las otras naciones y que el Señor los ha “santificado”. El pueblo ha sido llamado
en la alianza a ser un “reino de sacerdotes” y una “nación santa” (Éx 19,6). Este
fundamento teológico dará lugar a una serie de leyes. Este estatuto regulará el
culto (ritos, sacrificios), dará las normas para los sacerdotes y las leyes que
regularán las relaciones entre las personas.
El éxodo como “separación”
y “santificación” define todas las
relaciones:
·
Entre los miembros del pueblo
– ver 25,42
·
Con las otras naciones de las
que ha sido separado: ver 18,1-5; 20,22-26; 22,32-33.
·
Toda la vida se caracteriza
por la santidad: 11,44-47
Está presencia del Señor se manifiesta sobre todo en el culto. Las
prescripciones cultuales, en especial las relativas a los sacrificios indican
una y otra vez que las ofrendas de alimentos se quemaban “con un aroma
agradable al Señor” (1,9.13.17; 2,9; 3,5). Aunque la presencia era permanente
en el Tabernáculo la gloria del Señor se hacía presente algunas veces en una
nube o en el fuego para que el pueblo pudiera experimentarla más intensamente.
La promulgación de la Ley
en el Sinaí, la dedicación del Santuario y la ordenación de los sacerdotes (9,24)
estuvieron marcadas por estos signos extraordinarios de la presencia divina.
Esta insistencia sobre la “separación” no estará exenta de
peligros. Rut y Jonás son una muestra de la crítica a esta mentalidad. Pero el
mérito de este pensamiento es que Israel no habría podido sobrevivir y
transmitir su fe cuando, perdida su autonomía política, no volverá a tener más
un territorio propio. Lo mismo se dará para los judíos de la diáspora.
El tema del Levítico:
Las leyes del Levítico presuponen un elevado concepto de Dios.
Dios es santo y es fuente de toda santidad y su presencia en Israel irradia
santidad a todo lo que está cerca de Él. Este es el gran tema del Levítico: “la santidad” que predomina en todo el
libro. Los profetas hebreos enriquecieron la idea de la santidad divina con un
elevado sentido moral y el Levítico no sólo comparte con ellos ese concepto,
sino que la expresa lapidariamente en estos dos refranes: “Yo, el Señor que os santifica soy santo” (21,8; cf 20,8; 21,15-23;
22,9.16.32) y “Sed santos, porque yo
el Señor soy santo” (19,2; cf. 11,44-45; 20,26). Esta santidad se irradia a
todo lo que se acerca a ella, a todo lo ofrecido o consagrado al Señor que
queda separado del uso profano. El sentido originario de la palabra “santo”
aplicado a objetos, lugares, ministros del culto es “separado del uso común”.
Particularmente santos eran los sacerdotes por su función de practicar los
ritos santificadores (10,10), por estar cerca de Dios (9,7-8) por acercarse al
altar. Los levitas también eran santos aunque no podían ofrecer sacrificios.
El Levítico insiste en la trascendencia de Dios y la infinita
distancia en que se encuentran las criaturas porque son indignas de permanecer
en su presencia. A pesar de ello Dios no cesa de santificar a sus criaturas tan
proclives al pecado. De ahí la tensión existente en la teología de la corriente
sacerdotal: la trascendencia divina y la comunicación de la santidad (20,8). Al
mismo tiempo que se destaca el lado divino de la santificación se afirma su lado
humano. La santificación tiene un doble aspecto: la gracia divina y los actos
humanos. Por ello el primer mandato es: “sed santos porque yo el Señor soy
santo” (19,2; 11,44-45; 20,26). Esto exige pureza en el culto y santidad vivida
en todo orden. El Levítico pretende regular toda la vida humana. El Sábado fue
santificado por Dios y el hombre debía mantener su santidad absteniéndose de
todo trabajo servil (23,3). La teología sacerdotal pone de relieve dos aspectos
que parecen incompatibles: Dios quiere salvaguardar su santidad – Dios quiere
comunicarla. La santidad es un don divino, no es el resultado del esfuerzo
humano. Pero esta santidad se mantiene practicando la justicia y la fidelidad
(Miq 6,8).
Lo contrario a la santidad es la “impureza”. Esta es vista como
una sustancia invisible, misteriosa y casi material que se puede adherir a las
personas y a las cosas.[1]
Un tema recurrente en la legislación bíblica es la obligación de
brindar especial protección a los miembros más débiles de la sociedad, en especial
al huérfano, la viuda, al pobre y al inmigrante. Yaveh es el guardián del pobre
y el oprimido, el vengador de aquellos que han sido tratados injustamente. Por
eso la ley prescribe una serie de actitudes y de medidas sociales destinadas a
mitigar el sufrimiento de los indigentes (Éx 22,20-26; Dt 15,7-11).
Un buen ejemplo de ley humanitaria a favor del pobre se encuentra
en Lv 19,9-10. Allí Dios ordena dejar una parte del campo una parte de la
cosecha para que la puedan recoger los pobres (cf Rut 2,2-3). Esto que hoy
sería inaplicable nos impulsa a buscar el mensaje para el día de hoy. ¿Qué
principios religiosos y morales subyacen tras la legislación? Lv 19,9-18 invita
a reconocer la dimensión social de la fe bíblica y a adoptar el punto de vista
del legislador divino que es la opción preferencial por los pobres. Esta opción
incluye la participación activa en la acción liberadora de Dios a favor de la
justicia.[2]
El Levítico ha ocupado siempre un lugar central en la vida judía.
De los 613 mandamientos que se
encuentran a lo largo de la
Toráh 247 aparecen
en este libro y un comentario al Lv era tan venerado que se lo llamó “El
libro”. Jesús mismo resumió la Ley
y los profetas en una doble cita, una del Dt y otra del Lv: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con
todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo
es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo: de estos dos
mandamientos dependen la Ley
y los Profetas” (Mt 22,27-40; Mc 12,30-31 y Lc 10,17; Dt 6,5 y Lv 19,18).
El código levítico reguló el culto israelita hasta la destrucción
del templo y el cese de los sacrificios en el año 70 d.C. pero aspectos
fundamentales de su teología se mantuvieron vigentes y han sido fuente de
inspiración para los escritores del NT. El sistema sacrificial ya no fue
relevante para los cristianos pero el estudiarlo se aprenden muchas cosas sobre
el pecado, la necesidad de expiación y la superioridad del sacrificio de
Cristo. La carta a los Hebreos, en particular se refiere a las instituciones de
la primera alianza para mostrar que ellas eran incapaces de expiar los pecados
y establece una serie de contrastes para mostrar que el sumo sacerdocio de
Jesús fue superior al de Aarón (Heb 9,24-28). El sacerdote de la antigua
alianza nunca entró sin sangre al Santo de los Santos, pero la sangre con que
asperjaba el Arca era la sangre de chivos y toros. Cristo, actuando como SS de
la alianza nueva y eterna ofrece su propia sangre y este sacrificio ofrecido de
una vez para siempre ha sido causa de una redención eterna. La repetición de
los sacrificios de Aarón era un memorial de la persistencia del pecado, la
ofrenda de Cristo en la cruz, por el contrario, obtuvo un perdón permanente.
Mientras que los sacerdotes hijos de Aarón oficiaban en un Tabernáculo terreno
Cristó entró en el mismo cielo para presentarse delante de Dios a favor nuestro
(Heb 9,24). Por eso los cristianos podemos acercarnos confiadamente al trono de
la gracia a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio
oportuno (Heb 4,16).
En el Levítico hay material muy antiguo, antiguo y otro posterior
al exilio. Algunas leyes representan un estadio bastante tardío en el
desarrollo del culto y la religión de Israel. Ellas se presentan como discursos
de Dios a Moisés (o a su hermano Aarón). Pero esto es un procedimiento
literario justificado por la necesidad de poner bajo la autoridad de Moisés la
legislación del Pentateuco. En su forma actual el Levítico es una compilación
sacerdotal hecha en Jerusalén hacia el año 500 a .C. aunque, como se
dijo, contiene materiales más antiguos, la legislación refleja las prácticas
cultuales del 2do. Templo (restaurado en el 515 a .C.).
Bibliografía utilizada
en la elaboración de este apunte:
- AA.VV, Comentario Bíblico Internacional, Editorial Verbo Divino,
Navarra, 2001.
- AA.VV, Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Ediciones Paulinas,
Madrid, 1988.
- Ska Jean
Louis, Introducción a la lectura del Pentateuco, Editorial Verbo Divino, Estella
2001.
[1] La impureza podía contraerse al tomar contacto con cierto tipo de
enfermedades, de alimentos, de cadáveres, o el flujo de algunos órganos.
[2] En esta misma línea Juan Pablo II apeló al espíritu de Lv 25 e
invitó a una sustancial reducción de la deuda internacional de los países
pobres y aun a la completa cancelación como parte del Jubileo del año 2000.
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